lunes, 1 de septiembre de 2014

SER TOCADOS POR DIOS
 
PADRE : HECTOR AYALA LEÓN
Siervo Del Espíritu Santo
 

Imposición de manos

La mano ha sido siempre símbolo de la fuerza, del trabajo, de la comunicación interpersonal: la mano de Dios que obra proezas, la mano del hombre que manda, que pide, que toca, que comunica, la mano que quiere expresar la transmisión de algo invisible.

La imposición de las manos, es un gesto en verdad polivalente, con la elocuente expresividad de unas manos que se extienden sobre la cabeza de una persona o una cosa, a ser posible con contacto físico; Puede indicar perdón, bendición, trasmisión de fuerza, su sentido queda concretado con las palabras que le acompañan en cada caso: "yo te absuelvo de tus pecados", "envía, Señor, tu Espíritu sobre este pan y sobre este vino", "envía Señor la fuerza de tu Espíritu sobre estos siervos tuyos" y así otras más.

El modo mejor para captar el sentido de la imposición de las manos es repasar, aunque sea brevemente, los pasajes bíblicos del Antiguo y Nuevo Testamento, en que este gesto es empleado, y también su realización actual en los Sacramentos.

Sentido en el Antiguo Testamento.

En verdad este signo lo hemos heredado del lenguaje simbólico de Israel, en el que es muy variado el significado que se le da. A veces significa bendición. Así Jacob bendice a sus nietos: "Israel extendió su diestra y la puso sobre la cabeza de Efraín… y su izquierda sobre la cabeza de Manasés… el Dios en cuya presencia anduvieron mis padres Abrahán e Isaac… bendiga a estos muchachos" (Gen 48, 14-16). También Aarón, en su calidad de sacerdote, "alzando la mano hacia su pueblo lo bendijo" (Lev 9,22). Otras veces el gesto quiere indicar la consagración para una tarea, la designación de una persona para la misión. Moisés por ejemplo, y por encargo de Yahvé, eligió a Josué como sucesor suyo, y delante de todo el pueblo "le impuso su mano" y le trasmitió las órdenes divinas, para que condujera a su pueblo con autoridad (Num 27, 18-23). Por eso se podrá decir después: "Josué estaba lleno del espíritu de sabiduría" (Deut 34,9).

La imposición de manos en el Nuevo Testamento

En el NT la acción de imponer las manos sobre la cabeza de alguien, tiene también significados distintos, según el contexto en el que se sitúe. Ante todo puede ser la bendición que uno transmite a otro, invocando sobre él, en último término, la benevolencia de Dios. Así Cristo Jesús imponía las manos sobre los niños, orando por ellos (Mt 19,13-15) En los textos paralelos se dice que la gente le presentaba los niños "para que los tocara", y él "abrazaba a los niños y los bendecía imponiendo las manos sobre ellos" (Mc 10,13-16): la imposición era, pues, también contacto fisco. La despedida de Jesús, en su Ascensión, se expresa también con el mismo gesto: "alzando sus manos, los bendijo" (Lc 24,50). 

Es una expresión que muy frecuentemente va unida a la idea y a la realidad de una curación. Jairo pide a Jesús: "mi hija está a punto de morir; ven, impón tus manos sobre ella, para que se cure y viva" (Mc 5,23). Le presentan al sordomudo de la Decápolis "y le ruegan que imponga la mano sobre él" (Mc 7,32), y asimismo al ciego de Betsaida: 
"le impuso las manos y le preguntaba... después le volvió a poner las manos en los ojos y comenzó a ver perfectamente" (Mc 8,23-25). Era el gesto más repetido en las curaciones: "todos cuantos tenían enfermos de diversas dolencias se los llevaban, y él, poniendo las manos sobre cada uno de ellos, los curaba" (Lc 4,40) No es de extrañar que la expresividad del signo se prolongue en el encargo que Jesús hace a sus discípulos: "los que crean... impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien" (Mc 16,18). Pablo, que fue curado precisamente por la imposición de manos por parte de Ananías (Act 9,17), curará a su vez al padre de Publio: "entró a verle, hizo oración, le impuso las manos y curó" (Act 28,8-9). 

En el libro de los Hechos de los apóstoles encontramos dentro de las primeras misiones, como "los doce" oraban e imponían las manos, sobre hombres de buena fama para que se dedicaran exclusivamente a la asistencia, al cuidado de las viudas (Act 6,6) invocación y trasmisión del Espíritu Santo para la misión determinada de los siete diáconos.

En fin son muchos los pasajes en la Biblia donde encontramos aquel gesto de la imposición de manos, gesto que sigue siendo vivo dentro de nuestra iglesia y que a diario somos testigos al momento de participar en los Sacramentos. Detengámonos en La Sagrada Eucaristía y fijemos nuestro pensamiento en aquel momento sublime de la consagración del pan y del vino, veremos las manos del sacerdote extendidas sobre estas ofrendas y escucharemos de sus labios aquella invocación del Espíritu (Epíclesis), para que se conviertan en el cuerpo y sangre de Cristo, invocación que se hará después, en la misma Plegaria, pero ahora será sobre la comunidad. Y así en todos los sacramentos, encontraremos este gesto.

Ministerio de Sanación

En el libro "Y curó toda enfermedad" de Monseñor Alfonso Uribe Jaramillo, en el capítulo II, encontramos una parte dedicada a este gesto de la imposición de manos, donde nos muestra como era esta la manera empleada más frecuentemente por Jesús en el ejercicio de su ministerio de sanación. "No nos debe extrañar entonces que haya hablado de la imposición de manos sobre los enfermos para que sean curados, cuando enumera las diversas señales que acompañaran a los creyentes (Mc 16.18)"

"Es muy importante que entendamos que en la Renovación Católica Carismática la imposición de manos no es un rito, como lo es en el sacramento de la Confirmación y del Orden Sacerdotal. La imposición de manos sobre la persona por quien se ora es un gesto fraterno, un gesto de amor, un signo de hermandad cristiana y por último un gesto bíblico. El mismo evangelio de Marcos 16,18 nos dice "impondrán las manos sobre los enfermos y sanarán" "(tomado del libro: BENDECIDOS, SANADOS Y EN VICTORIA, Padre José Eugenio Hoyos). Un consejo práctico y saludable en el servicio de imposición de manos donde el Obispo, párroco y/o asesor espiritual lo permiten; Es hacerlo en equipo, pues es una pequeña comunidad que ora, intercede y los une el amor y la compasión por los enfermos, sin olvidar que solo somos instrumentos del Señor, siervos inútiles, que tenemos claros que el único que sana es el Señor Jesús.

Ahora es necesario tener claro lo siguiente, ¿Por qué nuestra iglesia Católica es tan prudente con este gesto? ¿Por qué en algunas Provincias eclesiásticas como las de Medellín y Santa Fe de Antioquía (Colombia) ningún fiel laico está autorizado para imponer las manos con fines de curación? Y la repuesta la encontramos en la serie de confusiones que se han presentado: personas que se endiosan creyendo que tienen poderes mágicos, otras lo hacen con fines lucrativos, otras influenciadas por pensamientos de la New Age creen que poseen energías en sus cuerpos y sanan a través de ella, porque hay personas que depositan su fe en la persona que impone las manos y no en Jesús, por estas y otras razones nuestra Iglesia como madre y maestra cuida de todos nosotros.

Por último, en tiempos de Jesús la gente le pedía que la tocara y Él imponía sus manos, ellos veían su gloria y experimentaban su amor y cercanía. Este deseo y necesidad también está hoy en todos nosotros, ser tocados por Dios en la persona de su Hijo Jesús, para ello recordemos a san Agustín: "una cosa es tocar a Cristo solo con el cuerpo y otra es tocarlo también con el alma. Toca a Cristo quien cree en Cristo" entonces creamos en Cristo y recordemos que nosotros no podemos tocar directamente a Dios, pero El si nos puede tocar y lo hace en la persona de su Espíritu Santo, así que sin ningún miedo digámosle a Él, tócame Señor, cúbreme bajo tu sombra como cubriste a nuestra madre María el día de la encarnación de tu hijo Jesús y sáname y bendíceme hoy y siempre, Amén.

domingo, 8 de junio de 2014








ESPÍRITU SANTO, ALIENTO DE VIDA.


POR PADRE MARTÍN DELGADO RODRIGUEZ

En Génesis 2,7 se aprecia cómo desde los inicios de la creación el Espíritu comunica la vida al hombre: “Entonces Yahvé Dios formó al hombre con polvo del suelo e insufló en sus narices aliento de vida”. Es Dios el autor de la vida humana, el principio vital por el que todo ser viviente se relaciona con su mundo circundante, el hombre ha sido creado para la vida,  de ahí se constituye la vida como el derecho fundamental del ser humano, a que se respete y se defienda de las amenazas que a lo largo de la historia se ha visto expuesta (homicidios, secuestros, abortos, drogadicción, alcoholismo, corrupción…entre otros), así lo expresa el Santo Juan Pablo II: “La vida humana es sagrada porque desde su inicio comporta la acción creadora de Dios y permanece siempre en una especial relación con el creador, su único fin. Sólo Dios es Señor de la vida desde su comienzo hasta su término. Nadie, en ninguna circunstancia, puede atribuirse el derecho de matar de modo directo a un ser humano inocente” (Evangelium Vitae 53)
La Sagrada Escritura nos dice que el  hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios (Cfr Gén 1,26), quiere decir, que posee las facultades de inteligencia, voluntad y libertad a diferencia de los de los demás seres vivos de la creación, dándole la posibilidad de reflexionar, meditar y actuar con coherencia, sólo el hombre entre todas las creaturas visibles, tiene capacidad para conocer y amar a su Creador, la vida que Dios da al hombre es mucho más que un existir en el tiempo, es una proyección hacia una plenitud de vida: “Porque Dios creó al hombre para la incorruptibilidad, le hizo imagen de su misma naturaleza” (Sb 2,23). Pero los hechos cotidianos nos dan muestra de que el hombre en ciertos momentos deja de pensar como ser humano dotado del Aliento de Vida y da lugar al instinto irracional de imperfección que el gran drama del pecado ha perforado el alma haciendo que su mirada y el horizonte de su existencia se obnubilen colocando en riesgo el gran don de la vida que Dios le ha participado.
Por tanto al recibir el hombre el soplo del Espíritu a los inicios de la creación se convirtió  como el ser viviente cualificado para engendrar y dar la vida de Dios, esto solo ocurre en la medida que este mismo sea dócil a las inspiraciones del Espíritu quien es el artífice y a la vez Señor y Dador de vida, como lo enseña el credo niceo-constantinopolitano al hacer una descripción precisa de la naturaleza del Espíritu y su acción prolongadora de la vida divina en el hombre.
Dicha apertura a las mociones del Espíritu lo llevarán a centrar la mirada en la Vida del Hombre Perfecto: Jesucristo, y esclarecer el misterio del ser humano (Cfr Lumen Gentium 22) definiendo así la Encarnación del Verbo Eterno como la fuente de la vida divina en la historia de la humanidad; Aquel que es infinito se hizo finito, Aquel que es ilimitado se hace limitado, en otras palabras: “La eternidad entra en el tiempo” la verdadera vida se dio en el nuevo Adán, si en la antigüedad del barro Dios forma al hombre, ahora en Cristo, se nos da la nueva creación, Él es el nuevo Adán, la vida del hombre cobra sentido en la perspectiva de la Vida única que es Cristo.
La primera creación, desgraciadamente, fue devastada por el pecado. Sin embargo, Dios no la abandonó a la destrucción, sino que preparó su salvación, que debía constituir una 'nueva creación' (Cfr. Is 65, 17; Gal 6, 15; Ap 21, 5). La acción del Espíritu de Dios para esta nueva creación es sugerida por la famosa profecía de Ezequiel sobre la resurrección. En una visión impresionante, el profeta tiene ante los ojos una vasta llanura 'llena de huesos', y recibe la orden de profetizar sobre estos huesos y anunciar: “Huesos secos, escuchad la palabra de Yahveh, Así dice el Señor Yahveh a estos huesos: he aquí que yo voy a hacer entrar el espíritu en vosotros y viviréis...” (Ez 37, 1.5). El profeta cumple la orden divina y ve 'un estremecimiento y los huesos se juntaron unos con otros' (37, 7). Luego aparecen los nervios, la carne crece, la piel se extiende por encima, y finalmente, obedeciendo a la voz del profeta, el espíritu entra en aquellos cuerpos, que vuelven entonces a la vida y se incorporan sobre sus pies (37, 8.10).
Cabe anotar que también es posible que en nuestra vida cristiana corriente nos encontremos en el valle de los “huesos secos”, lo que hace referencia a los momentos de decadencia espiritual que podemos vivir por nuestros descuidos y a su vez por “coquetear” con las tentaciones, pues terminamos siendo atrapados por la cizaña del maligno, perdiendo así las gracias que el Espíritu de Dios ha derramado en nuestras vidas. La lucha por mantenernos fiel en el Señor no es fácil, pero con una apertura decisiva al Espíritu Santo se logra construir una espiritualidad sólida que nos va a mantener firmes en el seguimiento de Jesús, a fin de producir grandes frutos como son el amor, la fidelidad, la paz, la mansedumbre, la humildad, el dominio propio, entre otros; y sobre todo, hacer que crezca la Vida de Dios en nosotros, en virtud de la acción del Espíritu.

martes, 29 de abril de 2014

         

 TENGO SED DE TI

POR MONS : MARTIN AVALOS

                      

Evangelio según San Juan 4,5-42
Jesús llegó a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca de las tierras que Jacob había dado a su hijo José. Allí se encuentra el pozo de Jacob. Jesús, fatigado del camino, se había sentado junto al pozo. Era la hora del mediodía. Una mujer de Samaría fue a sacar agua, y Jesús le dijo: “Dame de beber”. Sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar alimentos. La samaritana le respondió: “¡Cómo! ¿Tú, que eres judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?”. Los judíos, en efecto, no se trataban con los samaritanos.
Jesús le respondió: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: ‘Dame de beber’, tú misma se lo hubieras pedido, y él te habría dado agua viva”.
“Señor, le dijo ella, no tienes nada para sacar el agua y el pozo es profundo. ¿De dónde sacas esa agua viva? ¿Eres acaso más grande que nuestro padre Jacob, que nos ha dado este pozo,donde él bebió, lo mismo que sus hijos y sus animales?”. Jesús le respondió: “El que beba de esta agua tendrá nuevamente sed, pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna”.
“Señor, le dijo la mujer, dame de esa agua para que no tenga más sed y no necesite venir hasta aquí a sacarla”.
Jesús le respondió: “Ve, llama a tu marido y vuelve aquí”.
La mujer respondió: “No tengo marido”. Jesús continuó: “Tienes razón al decir que no tienes marido, porque has tenido cinco y el que ahora tienes no es tu marido; en eso has dicho la verdad”. La mujer le dijo: “Señor, veo que eres un profeta.
Nuestros padres adoraron en esta montaña, y ustedes dicen que es en Jerusalén donde se debe adorar”. Jesús le respondió: “Créeme, mujer, llega la hora en que ni en esta montaña ni en Jerusalén se adorará al Padre. Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero la hora se acerca, y ya ha llegado, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque esos son los adoradores que quiere el Padre.
Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad”.
La mujer le dijo: “Yo sé que el Mesías, llamado Cristo, debe venir. Cuando él venga, nos anunciará todo”. Jesús le respondió: “Soy yo, el que habla contigo”.
En ese momento llegaron sus discípulos y quedaron sorprendidos al verlo hablar con una mujer. Sin embargo, ninguno le preguntó: “¿Qué quieres de ella?” o “¿Por qué hablas con ella?”. La mujer, dejando allí su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente:
“Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que hice. ¿No será el Mesías?”.
Salieron entonces de la ciudad y fueron a su encuentro. Mientras tanto, los discípulos le insistían a Jesús, diciendo: “Come, Maestro”. Pero él les dijo: “Yo tengo para comer un alimento que ustedes no conocen”. Los discípulos se preguntaban entre sí: “¿Alguien le habrá traído de comer?”. Jesús les respondió: “Mi comida es hacer la voluntad de aquel que me envió y llevar a cabo su obra. Ustedes dicen que aún faltan cuatro meses para la cosecha. Pero yo les digo: Levanten los ojos y miren los campos: ya están madurando para la siega.
Ya el segador recibe su salario y recoge el grano para la Vida eterna; así el que siembra y el que cosecha comparten una misma alegría. Porque en esto se cumple el proverbio: ‘no siembra y otro cosecha’ Yo los envié a cosechar adonde ustedes no han trabajado; otros han trabajado, y ustedes recogen el fruto de sus esfuerzos”.
Muchos samaritanos de esta ciudad habían creído en él por la palabra de la mujer, que atestiguaba: “Me ha dicho todo lo que hice”.
Por eso, cuando los samaritanos se acercaron a Jesús, le rogaban que se quedara con ellos, y él permaneció allí dos días. Muchos más creyeron en él, a causa de su palabra. Y decían a la mujer: “Ya no creemos por lo que tú has dicho; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo”.
Reflexión
El evangelio de este día, nos deja un mensaje muy importante, el de la mujer samaritana. Cada día, buscamos la manera de cómo llenar nuestros vacíos, lo cual se nos hace difícil, porque nadie nos llenara completamente como lo hace nuestro Señor Jesús con su amor. Por ello, debemos confiar en Él, pedirle que venga a nuestro corazón y nos apague la sed que a diario nos aqueja, esa sed de justicia, de paz, de amor, que ningún placer de este mundo podrá colmar. Pero también, abrir las puertas de nuestro corazón y dejarnos llevar por Él y no por lo que nuestros temores nos dicten, a través de excusas que buscamos para no dar más de parte de nosotros.
Al mismo tiempo, pedirle que nos ayude a adorarle con el corazón, en espíritu y en verdad, porque solo así recibiremos paz y bendiciones. Por tanto, un corazón lleno de la gracia de Dios, no podrá callar, nuestros labios se abrirán para ir y evangelizar, llevar ese mensaje que es vida. No decaigamos y sigamos constantes en la fe, Cristo nos necesita, tomemos nuestra cruz y sigámosle

 

AL OIRLO LO VIERON

        MIS OJOS


POR MONS : ROMULO

                        EMILIANI
 
A María Magdalena Jesús le expulsó siete demonios, que significa dominio perfecto de Satanás sobre su vida. La tradición popular habla del ejercicio de la prostitución, fina y exclusiva de esta mujer con gente de mucho poder en los diferentes niveles de la vida judía, y probablemente de la romana. Por lo tanto admirada, deseada, repudiada, temida, famosa y despreciada; llena de alhajas y ropa fina, manejaba información que probablemente vendía o usaba para el chantaje, fabricaba intrigas.  Se acostumbró al piropo, las palabras vulgares, vocablos indecentes y adulaciones continuas.  No encontraba palabras sinceras ni expresionesde respeto en los que la rodeaban.
Pero una vez tuvo curiosidad y entre una muchedumbre que escuchaba a Jesús se detuvo a oír qué decía este “maestro de pobres”.  Hubo algo que la sedujo: la voz cálida, sonora, suave y grave, melodiosa y profunda que salía del corazón de un hombre que no buscaba aplausos ni dinero, sino que se le escuchara. Se fijó más detenidamente en ese hombre y lo observó: unas sandalias viejas, un manto y una túnica,  sin  posesiones de bienes ni poder alguno, alto, con una faz que denotaba serenidad y majestuosidad, sencillez y luminosidad. ¿Quién eres tú Jesús?, la pregunta de siempre, de siglos y culturas, se hizo ella. Escuchó la parábola del Hijo Pródigo y le taladró el alma: ¿perdonar al qué derrochó una fortuna sin que pague nada? ¿Devolverle sus derechos y hacerlo de nuevo su heredero? ¿Y él se está refiriendo a Dios en la figura de ese anciano padre? ¿Y acaso soy yo “el hijo pródigo”, pensó María Magdalena?  ¿Habrá algunaoportunidad para mí? ¿Perdonarme todo para siempre y empezar de nuevo?
María Magdalena quedó cautivada y volvió a escucharlo y en una ocasión sintió la mirada misericordiosa, tierna, paternal, pura y limpia del maestro y cayó a sus pies. Jesús la llamó por su nombre y a partir de allí huyeron sus siete demonios.  Toda su impureza y lujuria, afán de riqueza y vanidad, soberbia y egoísmo, espíritu blasfemo y burlón de lo sagrado, todo se fue y para siempre.  Y María quedó serena y sin miedos, sin tristeza y resentimientos, ligera como una hoja que mueve el viento, libre de cadenas y vendió todo y lo dio a los pobres y siguió a Jesús hasta la muerte. María volvió a ser ella misma, con corazón de niña, como la que  corría por los prados persiguiendo una pequeña oveja, o buscando mariposas y cantando en torno a la abuelalos salmos inspirados y las viejas melodías judías, riendo con sus amiguitas, jugando en la plaza del pueblo. Recobró la inocencia perdida, se revistió de virginidad espiritualmente, sí, su alma se hizo pura y la que fue tan mala, se hizo, por pura gracia de Dios, buena y santa. Nació de nuevo, del agua y del espíritu. Ya nunca más fue la misma, no  volvió la mirada atrás.  
Pero le mataron el maestro; los asesinos se confabularon y los poderes religiosos, económicos y políticos decidieron acabar con la verdad. ¡Qué ingenuos e ignorantes!  Matar a la Verdad, si es infinita, si es Dios quien contiene en sí mismo atributos absolutos como el  Amor, Misericordia, Poder, Sabiduría, Belleza. ¿Quién puede destruir eso?  Pero se le desmoronó la fe a los discípulos, a María Magdalena, a todos menos a María Santísima.  Ya no hay nada que hacer. Sólo embalsamarlo, enterrarlo y acordarse de él como un gran hombre.  Y a eso iba y se encontró con la tumba vacía y a dos ángeles,  y luego a un supuesto jardinero y le preguntó que si se había llevado el cadáver, que dónde estaba, que quería embalsamarlo.  Y era Jesús, lo vio pero no se dio cuenta, salvo cuando la llamó por su nombre: ¡María!  Solo había una persona que pronunciaba ese nombre con tanto cariño, respeto, amor, ternura, con profundidad divina, Jesús.  
“Y al oírlo vio”. Al escuchar su nombre se transporto a senderos celestiales, al corazón divino y humano de Cristo y se instaló en las honduras del misterio redentor y con los ojos contempló el cuerpo resucitado del Señor y creyó.  Fue esa la alegría más grande que experimentó María Magdalena, además de su conversión. Esa voz que contiene la Palabra, que transmite el mensaje de amor de Dios, tú también la escuchas, de otra manera, cada vez que lees la Palabra, haces oración personal y comunitaria, vives la Eucaristía, te identificas con el pobre, amas al hermano, te inspira un acontecimiento a hacer el bien y encuentras al buen Dios en tu alma, el Señor con quien gracias a su poderserás invencible.  Amén.

 


jueves, 6 de marzo de 2014

                     



  EL VINO A SALVARTE.

POR MONS: ROMULO EMILIANI


ESTÁBAMOS HUNDIDOS POR EL PESO DE NUESTRAS CULPAS y nuestro destino era la muerte eterna.  El pecado trajo como consecuencia la muerte y ningún esfuerzo ni mérito humano podría impedir nuestra condenación.   Por revelación sabemos que Jesús vino a rescatarnos de la muerte eterna. “Yo soy el buen pastor.  El  buen pastor da su vida por las ovejas”, (Juan 10,11).  Jesús…”que se entregó a sí mismo por nuestros pecados, para librarnos de este mundo perverso, según la voluntad de nuestro Dios y Padre”, (Gál 1,4), lo hizo para salvar al mundo entero y dedicó toda su vida a redimirnos. Su pasión y muerte en la cruz es la prueba contundente de que todo lo hizo por nosotros, hasta derramar la última gota de  sangre en la cruz.   De hecho “ Él se entregó por nosotros a fin de rescatarnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo que fuera suyo, fervoroso en buenas obras”, (Tito 2, 14)).  “El misterio de nuestra salvación, este misterio que el fundador del mundo ha creído digno de ser pagado con su sangre, se ha realizado desde el día de nacimiento de Jesús hasta el fin de su pasión”, (S. León Magno). 
JESÚS VINO A SALVARNOS, A DARNOS LA LIBERTAD DE LOS HIJOS DE DIOS;   Libertad del pecado, que llegó a tenernos como esclavos adorando ídolos falsos y cayendo en rebeldía. Por eso nos dio el Espíritu Santo, “pues ustedes no han recibido un espíritu de esclavitud que los lleve otra vez a tener miedo, sino el Espíritu que los hace hijos de Dios. Por este Espíritu nos dirigimos a Dios, diciendo: ¡Abbá Padre!”, (Rom 8,15). Nos dio Jesús la libertad ante las opresivas garras de la muerte eterna, que es consecuencia del pecado y nos ha devuelto la vida sobrenatural y nos ha destinado a la gloria eterna.  Jesús nos dio la libertad ante el dominio del demonio y de la carne y por eso hemos recuperado la conciencia de nuestra dignidad y grandeza, ya que somos hijos de Dios.  “Con esta revelación del Padre y con la efusión del Espíritu Santo, que marcan un sello imborrable en el misterio de la Redención, se explica el sentido de la cruz y de la muerte de Cristo”, (Beato Juan Pablo II). A Jesús le costó su vida el salvarnos
PAGÓ EL PRECIO DEL RESCATE: La sangre derramada por Cristo redescubre en nosotros la imagen divina impresa en nuestra alma, pero que fue diluyéndose en el mar de nuestras maldades, y nos purifica haciendo huir al padre de la mentira, Satanás  y nos abre el camino hacia el cielo. La muerte redentora de Cristo es el sacrificio agradable al Padre y su sangre derramada en la cruz lava los pecados de todo el mundo y esta inmolación redime: “Nada hizo Él, ni padeció, que no fuera por nuestra salvación, para que todo lo que de bueno hay en la cabeza lo posea también el cuerpo”, (San León Magno).
DIOS PADRE ES MISERICORDIOSO, “porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna”,( Juan 3,16). Descubrimos en la revelación el corazón amoroso del Padre reflejado magistralmente en la parábola del Hijo Pródigo (Lc 15,11-32) donde Dios perdona totalmente al terrible pecador toda su maldad, por haberse arrepentido.  “¿Qué más podremos decir? Que si Dios está a nuestro favor, nadie podrá estar contra nosotros.  Si Dios no negó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por todos nosotros,  ¿cómo no habrá de darnos también, junto con su Hijo, todas las cosas? ,( Rom 8,31-32). El amor de Dios Padre hacia nosotros es total, incondicional: “Sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, a los cuales él ha llamado de acuerdo con su propósito. A los que de antemano Dios había conocido, los destinó desde un principio a ser como su Hijo, para que su Hijo fuera el primero entre muchos hermanos”, (Rom8, 28-29).  “Pero Dios, rico en misericordia, por el grande amor con que nos amó, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo, por gracia han sido salvados, y con él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús”, (Ef, 2, 4 – 6).  Dios, nuestro Padre nos tiene amor y paciencia infinita. 
Tenemos entonces la certeza de que estamos siendo rescatados del mundo de las tinieblas y que la redención de Cristo es eterna y nada ni nadie nos la podrá arrebatar de nuestras vidas, porque con Él somos invencibles.

martes, 11 de febrero de 2014

JESÚS, EL CENTRO DE TU FAMILIA

POR: PADRE MARTIN AVALOS

Voy a comenzar la enseñanza diciendo que nacer en el seno de una familia cristiana es una bendición. Aquellos que venimos de una familia cristiana, allá donde se nos enseñó el amor a Dios y el cumplimiento de los mandamientos, nos sentimos de verdad dichosos, nos sentimos honrados, por lo tanto es una bendición haber nacido así.
Analizar esto es importante, no solamente por el bien de los esposos, si no también para el bien de toda la familia. Lamentablemente, nos encontramos con muchos hogares que solo son un hotel, un restaurante, una gasolinera para llenar el tanque y seguir el camino. Lamentablemente esa es la realidad. Muchos viven en una casa, no en un hogar, porque ahí no hay calor, no hay luz, no hay hoguera. Cuántos padres no ven siquiera a sus hijos, cuántos conyuges no tienen momentos ni para platicar; por tanto trabajo, estudio, diversión, reuniones, etc.
Pero ese no es el proyecto de Dios. Una familia que vive en esas circunstancias no está haciendo la voluntad de Él. Ahora bien, refirámonos al Salmo 128 que habla de un anuncio de bendición y prosperidad para la familia. Felices los que temen al Señor y siguen sus caminos. Me detengo en una parte. Temer no es como nosotros lo entendemos en el sentido de miedo, el temor a Dios no es el miedo del Dios que castiga. Se refiere a tratar de no ofenderlo. Aquí en este contexto lo entendemos como el cumplimiento de sus mandamientos. El que teme es aquel que cumple su voluntad, aquel que lo ha convertido en el Señor de su vida, de su matrimonio y de su familia.
Para aquellos que tienen a Jesucristo como el centro de sus vidas, hay una promesa: Comerás del trabajo de tus manos. Es decir habrá una bendición, sin cumplimos la voluntad de Él, si lo hacemos nuestro Señor, es decir el que manda en nuestra familia. Hay promesas de bendición. Pero, ¿cómo hacer que Jesús sea ese centro? Lo que debes hacer querido padre de familia es:
La oración en familia, estudio y lectura de la Palabra de Dios, primero el reino de Dios ante todas las cosas y asistir a la vida de los sacramentos.
Se lee fácil pero en realidad ponerlo práctica es muy difícil y no se alcanza de la noche a la mañana. Si quieres convertir a Jesús en el centro de tu familia debes comenzar poco a poco.
Ánimo que Dios bendecirá tu esfuerzo.
Atentamente.


domingo, 19 de enero de 2014


LA RENOVACIÓN DE LA    
  IGLESIA PASA POR EL
TESTIMONIO DE LA FE
POR REV: IVAN RODRIGO  CARDONA

 

He aquí lo que es la fe: rendirse a Dios, pero transformando la propia vida. Responder con generosidad al Señor. Pero ¿quién dice este sí? Quien es humilde y se fía completamente de Dios (JUAN PABLO I, Aloc. 13-IX-1978).

"Creer" es un acto eclesial. La fe de la Iglesia precede, engendra, conduce y alimenta nuestra fe. La Iglesia es la Madre de todos los creyentes. "Nadie puede tener a Dios por Padre si no tiene a la Iglesia por Madre" (San Cipriano de Cartago, De Ecclesiae catholicae unitate, 6: PL 4,503A). La Iglesia es la primera que cree, y así conduce, alimenta y sostiene mi fe. La Iglesia es la primera que, en todas partes, confiesa al Señor.

“urge recuperar y presentar una vez más el verdadero rostro de la fe cristiana, que no es simplemente un conjunto de proposiciones que se han de acoger y ratificar con la mente, sino un conocimiento de Cristo vivido personalmente, una memoria viva de sus mandamientos, una verdad que se ha de hacer vida. Pero, una palabra no es acogida auténticamente si no se traduce en hechos, si no es puesta en práctica. La fe es una decisión que afecta a toda la existencia; es encuentro, diálogo, comunión de amor y de vida del creyente con Jesucristo”. (Juan Pablo II. Enc. El esplendor de la verdad, 88). Se nos hace referencia a tres aspectos importantes que debemos asumir:

CONOCIMIENTO DE CRISTO VIVIDO PERSONALMENTE: Gál 2,20, se nos muestra en la vida de San Pablo  que ha asumido  la experiencia profunda de Cristo, que es Cristo  quien vive en él. Así debe vivir en cada familia, en el seno de una familia renovada debe estar el sello de Jesucristo salvador de las familias y restaurador de las mismas.

UNA MEMORIA VIVA DE SUS MANDAMIENTOS: Dt  6, 4… “el verdadero amor a Dios  y a los hermanos son la vía concreta para agradar a Dios”… sólo Dios basta y sólo él puede sanar la herida mortal de necesidad, de vaciedad, de soledad,  es el hambre de amor, de paz, de respeto, hambre  y sed de Dios. “Dios tiene sed  de que nosotros tengamos sed de él”. El que viene a mí nunca tendrá hambre y el que cree en mí nunca tendrá sed”

UNA VERDAD QUE SE DEBE HACER  VIDA: Jn, 14, 5… la verdad  que confronta toda falsedad y falta de lealtad a la perfecta y única verdad, quien vive en la luz, no deja que las tinieblas penetren en su corazón. La iglesia tiene un reto grande en sus manos: “El vivir en la verdad del Señor y desafiar la estructura de mentira de un mundo sin Dios”. Una verdad que se manifiesta en los signos y prodigios que hizo Jesucristo y que en su nombre sigue realizando la Iglesia Católica.

La Iglesia, como “comunidad de amor”, está llamada a reflejar la gloria del amor de Dios que, es comunión, y así atraer a las personas y a los pueblos hacia Cristo. En el ejercicio de la unidad querida por Jesús, los hombres y mujeres de nuestro tiempo se sienten convocados y recorren la hermosa aventura de la fe. “Que también ellos vivan unidos a nosotros para que el mundo crea” (Jn 17, 21). La Iglesia crece no por proselitismo sino “por ‘atracción’: como Cristo ‘atrae todo a sí’ con la fuerza de su amor”. La Iglesia “atrae” cuando vive en comunión, pues los discípulos de Jesús serán reconocidos si se aman los unos a los otros como Él nos amó (cf. Rm 12, 4-13; Jn 13, 34). (DOCUMENTO APARECIDA # 159). La atracción de la fuerza curativa del amor de Jesús es actual y se sigue manifestado el poder del amor de Dios y su alcance para todos los hombres, incrédulos, enfermos y abatidos.

 

 La fe es un acto personal: la respuesta libre del hombre a la iniciativa de Dios que se revela. Pero la fe no es un acto aislado. Nadie puede creer solo, como nadie puede vivir solo. Nadie se ha dado la fe a sí mismo, como nadie se ha dado la vida a sí mismo. El creyente ha recibido la fe de otro, debe transmitirla a otro. Nuestro amor a Jesús y a los hombres nos impulsa a hablar a otros de nuestra fe. Cada creyente es como un eslabón en la gran cadena de los creyentes. Yo no puedo creer sin ser sostenido por la fe de los otros, y por mi fe yo contribuyo a sostener la fe de los otros.” (LA PUERTA DE LA FE #166)

El apóstol Pablo nos ayuda a entrar dentro de esta realidad cuando escribe: «con el corazón se cree y con los labios se profesa» (cf. Rm 10, 10). El corazón indica que el primer acto con el que se llega a la fe es don de Dios y acción de la gracia que actúa y transforma a la persona hasta en lo más íntimo.

Profesar con la boca indica, a su vez, que la fe implica un testimonio y un compromiso público. El cristiano no puede pensar nunca que creer es un hecho privado. La fe es decidirse a estar con el Señor para vivir con él. Y este «estar con él» nos lleva a comprender las razones por las que se cree. La fe, precisamente porque es un acto de la libertad, exige también la responsabilidad social de lo que se cree. La Iglesia en el día de Pentecostés muestra con toda evidencia esta dimensión pública del creer y del anunciar a todos sin temor la propia fe. Es el don del Espíritu Santo el que capacita para la misión y fortalece nuestro testimonio, haciéndolo franco y valeroso. “Las buenas obras mueven la fe del corazón, y dan confianza al alma para dirigirse a Dios” (SAN JUAN CRISÓSTOMO, en Catena Aurea, vol. 1, p. 345).