martes, 5 de mayo de 2015



ORAR PARA SANAR 
P. IVAN RODRIGO CARDONA R

SIERVO DEL ESPIRITU SANTO




Al silencio (San Gregorio Nacianceno), por tanto la oración se  convierte en el vehículo por donde se transportan todos los sentimientos, peticiones, y gratitudes del ser humano a su creador.
Todo  con la oración y nada sin ella. Todo con la oración porque cuando emprendemos nuevos proyectos, al despertar cada día, al finalizarlo es vital consagrar todo con la oración al Señor, ya que sin ella, todo es vacío, no hay frutos, se pierde la alegría. Un criterio de discernimiento para distinguir un auténtico cristiano es la vida de oración.
Sin oración no se pueden obrar
La oración ferviente nos impulsa a creer que la oración que se hace no se pierde sino que  cumple su cometido, llega hasta el corazón de Dios y es  acogida para satisfacer la necesidad del creyente, más aún, al cristiano que le busque no por amor sino por suplir una necesidad y sin embargo El responde con abundantes bendiciones para sus hijos.
La experiencia de oración se hace más fuerte cuando se convierte en un hábito cotidiano, ya que la esencia del ser humano es ser orante por naturaleza.  La oración del justo tiene mucho poder y podemos experimentar la fuerza de la oración cuando unidos clamamos a Dios por una causa, y allí creyendo en el impacto y la trascendencia de la oración, entramos en contacto directo con El para descubrir su amor y su infinita misericordia y para responder a nuestra súplica confiada.
Orar es elevar un himno de adoración a Dios, y la adoración es elevar un himno los signos y prodigios. Sin oración no hay curación. Por tanto, es importante orar para obtener de Dios la curación. Para alcanzar la sanación interior y física requiere un proceso de oración, al entrar en la escuela de oración, Dios hará su cometido, no lo que nosotros queramos sino lo que Él disponga, claro está que la palabra de Dios expresa: "Pedid y se os dará y el que pide recibe", no en su tiempo sino en el tiempo de Dios, pero también se puede por el poder de una oración hecha en el Espíritu arrebatar esa  bendición de nuestro Padre amoroso. Por tanto, es necesario insistir no tanto en la cantidad de  oración sino en la calidad de la oración.

Puede existir una oración hecha con mucho formalismo con mucha palabrería, diría San Agustín y una oración realizada por la unción del Espíritu, llena de amor, de fervor. Como maestros en la oración debemos cada día entrar en la dinámica de la oración profunda, inspirada por el Espíritu y dirigida por El al Padre. Porque una oración en fe tiene efecto, para que Dios  conceda a sus hijos sus gracias. "Haz del Señor tu delicia y El hará lo que pide tu corazón".

viernes, 9 de enero de 2015


NO TE SIENTAS INVISIBLE 


POR MONS: MARTIN AVALOS 


Comparto esta bella reflexión que nos anima en esos momentos que podemos llegar a sentirnos poca cosa. Ánimo, Dios siempre mira tus acciones y las toma en cuenta.
Hace algún tiempo una señora me comentó –con no poco pesar– que no se sentía valorada en su hogar, que quizá no recibía toda la atención que merecía de su esposo ni el interés debido por parte de cada uno de sus hijos; que, en definitiva, muchas veces se sentía como si fuera “la mujer invisible”.
Recordé una historia real que quizá algunos de ustedes quizá también conocen. Es la historia de una mujer –la llamaremos María, pues no recuerdo el nombre exacto– que supo transformar y redimensionar ese sentimiento gracias a la fe, para lograr una familia más unida.
Cuenta María que entra a la habitación y nadie se da cuenta. Dice “apaguen la televisión, por favor”. Y no ocurre nada. Entonces lo dice más fuerte: “¡apaguen la televisión, por favor!”. Al final tuvo que ir a apagar la televisión ella misma. Entonces comenzó a entender: su marido y ella habían estado en una fiesta durante más de tres horas y ella ya estaba lista para irse. Se acercó a su esposo, que estaba platicando con un compañero de trabajo, para darle a entender que había que retirarse, pero él siguió conversando. Ni siquiera le respondió o dijo algo. Fue allí cuando se dio cuenta que no podían verla. Se dijo: “soy invisible”. A partir de ese momento lo empezó a notar más y más.
Un día llevó a su hijo a la escuela y la maestra le preguntó al muchacho: “¿con quién vienes?”. A lo que él respondió: “con nadie”. “Tenía cinco años, pero, ¿nadie?”, pensó por dentro la mamá…
Una noche estaba celebrando con sus amigas el regreso de un largo viaje de una ellas. La amiga contaba qué lugares había visitado, los fabulosos hoteles donde se había alojado, etc. María observaba a las otras mujeres que escuchaban la narración de la amiga. Se dio cuenta que, a diferencia de las demás, ella se había maquillado en el coche, que el vestido que traía no era nuevo (aunque sí lo único limpio que tenía) y que su peinado era un nudo en la parte trasera de la nuca. Se comenzó a sentir patética.
La amiga se acercó hacia ella y le dijo: “te traje esto”. Era un libro de las grandes catedrales europeas. No comprendía. Leyó la dedicatoria: “con admiración por la grandeza que tú estás construyendo cuando nadie lo ve”.
María se dio cuenta que en el libro no aparecía los nombres de las personas que habían construido las grandes catedrales. Entre hoja y hoja, tratando de encontrar los nombres de los autores, se dio cuenta que en la parte reservada al autor dice, en una y otra página, “anónimo”, “anónimo”, “anónimo”…
Esos autores terminaron sus obras sin saber que nadie notaría su trabajo. En el libro había una historia acerca de uno de los constructores que talló una pequeña ave en el interior de una viga que iba a ser cubierta por el techo. Alguien se le acercó y le preguntó: “por qué empleas tanto tiempo en realizar algo que nunca verá nadie?”. El libro también recogía la respuesta del constructor: “Porque Dios lo ve”.
Y María reflexionó: ellos confiaron que Dios lo veía todo; ellos entregaron toda su vida a un trabajo, un magnífico trabajo que jamás verían terminado. Ellos trabajaron día a día. Algunas de esas catedrales fueron construidas en más de cien años. Y eso es más tiempo que toda la vida de trabajo de un hombre. Día tras día, ellos hicieron sacrificios personales sin pedir nada a cambio; trabajando día tras días por una obra cuyo nombre de autor jamás figuraría.
Y María recordó que había leído una “profecía” de cierto escritor: “jamás se volverá a construir una gran catedral”, porque no hay gente dispuesta a sacrificar la vida de esta forma.
María cerró el libro y fue como si oyera decir a Dios: “Yo te veo. No eres invisible para mí. Ningún sacrificio es tan pequeño como para que yo no lo noté. Veo cada comida que preparas, cada plato de lentejas que haces, y les sonrío a todos”. “Veo cada lágrima de decepción cuando las cosas no salen como deseas que salgan. Pero recuerda: estás construyendo una gran catedral que no será terminada durante tu vida. Y lamentablemente no vivirás para verla allí. Pero si la construyes bien, YO LO HARÉ”.
María recordó su vida personal de esposa y madre. Y pensó que su invisibilidad –de la que hablamos al comienzo– era ahora un punto de inflexión para ella, pero no una enfermedad que podía consumir su vida. Reconoció incluso la “invisibilidad” como la cura contra su egocentrismo, como el antídoto contra el orgullo… Y se dijo: “está bien que no vean, está bien que no sepan. No quiero que mi hijo les diga a sus amigos que traen de la escuela a casa: “no pueden creer lo que hace mi mamá, se levanta a las 4, nos prepara las tortas, cocina lentejas y nos lava la ropa…”. No quiero que digan eso. Quiero que él quiera venir a casa. Y en segundo lugar quiero que le diga a sus amigos: “les va a encantar estar ahí”. Está bien que no vean”.
Cuánto nos ayuda recordar una y otra vez que trabajamos para Dios. Nos sacrificamos para Él. Muchos nunca van a ver todo el trabajo, todo el sacrificio, todo el esfuerzo, a pesar de que lo hagamos correcto, a pesar de que lo hagamos bien. Pero Dios si lo ve.
Podemos estar seguros que la misión de esposa, la misión de madre, no es invisible nunca a los ojos de Dios. Que una esposa y una madre con fe es un apóstol dentro y fuera de casa; una apóstol que lleva a Cristo a los demás con su ejemplo de fe, con su amor a la Iglesia hecho vida y práctica sacramental.
En un discurso del Papa a los participantes en la asamblea plenaria del Consejo Pontificio para la Familia decía: “Sólo poniendo a Cristo en el centro de la existencia personal y de pareja es posible vivir el amor auténtico y donarlo a los demás” (cf. L´Osservatore Romano, edición en lengua española, p. 7, 14 de febrero de 2010).
Recemos para que nuestras obras se mantengan como monumentos para Dios y construyamos con ilusión la catedral que cada uno debe construir.

martes, 18 de noviembre de 2014

              COMO MANTENERSE JOVEN

POR MONS ROMULO EMILIANI

El alma no envejece y  mirando hacia dentro uno descubre que la vida “en uno” sigue siendo hermosa, radiante, fresca, luminosa, no importa los años que uno tenga, si vive el alma sin la basura de la maldad. Yo he visto en muchos ancianos una “eterna juventud” que me maravilla  y en los que no,  la amargura por frustraciones, rencores u otros sentimientos dañinos los carcome por dentro y les impide sentirse bien, y por eso se ven “viejos”.
 El anciano que se siente llamado a realizar una misión sagrada, la de ser instrumento de “salvación” de los demás con su oración, testimonio y acciones concretas de servicio a su próximo; el que siente en su alma el deseo de adorar al Dios que está dentro de él y que encuentra en la oración su alegría y plenitud; el que se siente amado por Dios con la seguridad de la vida eterna; esa  persona, no importa los años,  siente un gozo que supera su estado físico, porque su alma mantiene el contacto pleno con la fuente de la vida, Dios. Recordemos que el alma aunque unida al cuerpo radicalmente, lo supera a él por su estructura espiritual.
No puede gastarse el “yo interior” porque su esencia es espiritual y aunque la psique experimente deterioro, en lo profundo la conciencia de que uno es y de que Dios está en uno, no puede ser afectada. De hecho, aún en las personas que han perdido la mente, en el fondo de su ser tienen una conciencia de permanencia, de que se es, de que son una entidad personal.
 De hecho en personas que han estado en coma y han vuelto a recuperarse, hablan de cómo escuchaban lo que se decía alrededor de ellos y en el caso de los que han estado al borde la muerte, muchos se ven en  un túnel “viajando” hacia un final muy luminoso, no quieren volver y  están muy conscientes de todo. Su cuerpo puede estar muy dañado, pero el alma permanece intacta.  Algunos dicen que se han visto “desde arriba”, observando cómo su cuerpo es operado en un quirófano y después “vuelven” a ese cuerpo.
 El alma esencialmente no es afectada por el paso de los años en su esencia; “está hecha” de otro “material” que no es el físico.  La materia es expresión tangible del espíritu  que está más allá de lo sensible. Pareciera que hay niveles en la realidad: lo esencialmente espiritual, luego la energía que se manifiesta en moléculas, células que se organizan en protones, neutrones, electrones y todo lo material que vemos en diversos modos en el universo.  Cada uno de nosotros tiene esos tres niveles de la realidad en un solo ser.
Uno puede sentir cansancio mental, pesada carga emocional, sea por preocupaciones y angustias, pero el alma es más que la mente y las emociones.  Hay algo más allá de los pensamientos y sentimientos, y es la conciencia de que “uno es”, de que “yo soy yo “ y no otro, de que tengo una relación espiritual con los demás y eso nos habla de un sustrato espiritual que sostiene toda la estructura mental y física y que está más allá de todo lo que está sujeto al  espacio y al tiempo.  Ese “yo interior” es el que se comunica con Dios y mantiene una relación vital con Él y con todos los seres espirituales en la tierra o en el cielo.
De hecho “yo no soy un viejo”, sino que mi cuerpo se está desgastando. “Pues aunque por fuera nos vamos deteriorando, por dentro nos renovamos día a día…. Porque no nos fijamos en lo que se ve, sino en lo que no se ve, ya que las cosas que se ven son pasajeras, pero las que no se ven son eternas. Nosotros somos como una casa terrenal, como una tienda de campaña no permanente; pero sabemos que si esta tienda se destruye, Dios nos tiene preparada en el cielo una casa eterna, que no ha sido hecha por manos humanas”, nos dice Pablo en 2 Cor, 4, 16 -5,1.
Si es una persona de la tercera edad, usted no es “un viejo”, sino una persona que ha vivido muchos años, pero cuya alma está joven y se ve a sí mismo como un ser luminoso, juvenil, radiante, pleno, con  el vigor que da el Espíritu y aunque el cuerpo se vaya desgastando, su “yo interior” permanece como el primer día, con la fragancia de la obra  recién hecha por el Señor, que no crea nada “desechable” ni inútil,  sino permanente, inmortal por pura misericordia de Él, con quien es usted es invencible.


miércoles, 1 de octubre de 2014

 TODO ES POSIBLE PARA  EL QUE TIENE FE


POR PADRE:   IVAN RODRIGO
                          CARDONA RÍOS



Nos encontramos ante el fenómeno de la pérdida de la fe en Dios  y la vivencia de Él como médico, restaurador y salvador de nuestras vidas; por tal motivo la fe debe hacerse viva cada día en nuestras vidas, es el escenario que nos pone la Iglesia  católica como auténticos cristianos para analizar qué tan profunda es nuestra fe, las razones para creer, la intensidad con la que debemos creer cada día en un Cristo vivo, crucificado y resucitado. Este libro: Todo es posible para el que tiene fe, nos ayudará en nuestra aventura de la fe, la que hemos heredado y recibido de nuestros padres, la antorcha que ilumina nuestro sendero, la que opera signos maravillosos y prodigios en nuestras vidas, ya que todo es posible, con la fe todo se puede superar, todo se puede recibir, todo se puede transformar, ya que es Dios quien lo hace todo nuevo cuando poseemos la fe, madura, viva y eficaz para asumir los sentimientos de Cristo.
El apóstol Pablo nos ayuda a entrar dentro de esta realidad cuando escribe: «con el corazón se cree y con los labios se profesa» (cf. Rm 10, 10). El corazón indica que el primer acto con el que se llega a la fe es don de Dios y acción de la gracia que actúa y transforma a la persona hasta en lo más íntimo.
Profesar con la boca indica, a su vez, que la fe implica un testimonio y un compromiso público. El cristiano no puede pensar nunca que creer es un hecho privado. La fe es decidirse a estar con el Señor para vivir con él. Y este «estar con él» nos lleva a comprender las razones por las que se cree. La fe, precisamente porque es un acto de la libertad, exige también la responsabilidad social de lo que se cree. La Iglesia en el día de Pentecostés muestra con toda evidencia esta dimensión pública del creer y del anunciar a todos sin temor la propia fe. Es el don del Espíritu Santo el que capacita para la misión y fortalece nuestro testimonio, haciéndolo franco y veraz.
La Iglesia es la primera que cree, y así conduce, alimenta y sostiene mi fe. La Iglesia es la primera que, en todas partes, confiesa al Señor. “La fe es un don sobrenatural de Dios. Para creer, el hombre necesita los auxilios interiores del Espíritu Santo”. (CEC #179). Desde nuestra parroquia he visto como la Iglesia cada día crece en la fe, nuestra parroquia la santa cruz, en San Pedro Sula, se ha ido renovando cada día por la presencia de Cristo y nuestra fe se alimenta en la divina eucarística. Cómo olvidar esas maravillosas horas santas y misas por los enfermos en las que el Señor ha derramado tanta bendición para su pueblo, tantos enfermos que han sido curados, tantas bendiciones que el Señor ha derramado y seguirá derramando a quienes creemos en su eterno poder, misericordia y amor.
"Creer" es un acto humano, consciente y libre, que corresponde a la dignidad de la persona humana. (CEC # 180).  “La fe es un acto personal: la respuesta libre del hombre a la iniciativa de Dios que se revela. Pero la fe no es un acto aislado. Nadie puede creer solo, como nadie puede vivir solo. Nadie se ha dado la fe a sí mismo, como nadie se ha dado la vida a sí mismo. El creyente ha recibido la fe de otro, debe transmitirla a otro. Nuestro amor a Jesús y a los hombres nos impulsa a hablar a otros de nuestra fe. Cada creyente es como un eslabón en la gran cadena de los creyentes. Yo no puedo creer sin ser sostenido por la fe de los otros, y por mi fe yo contribuyo a sostener la fe de los otros.” (LA PUERTA DE LA FE #166)
Confirmar la fe de los otros creyendo, es el testimonio que debemos transmitir cada día. « ¡Simón, Simón! Mira que Satanás ha solicitado el poder cribaros como trigo; pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos.» (Lc. 22, 31-32). Confirmar la fe, porque el mal quiere destruir nuestro vínculo con Dios, debilitar nuestra fe, hasta la incredulidad. Desfallecemos constantemente en la fe cuando le damos poder y autoridad a los problemas y dificultades, a las tentaciones y pruebas, a las enfermedades y perturbaciones del mal. Pero es Jesús quien sigue orando por cada uno de nosotros para que conservemos la fe y perseveremos hasta las últimas consecuencias como testigos del Señor en nuestra familia, en nuestros barrios y parroquia y en todos los ambientes en donde la fe está herida y debilitada por la frialdad espiritual o más a aún, donde el rostro de la fe se ha desfigurado hasta llegar a una creencia subjetiva en cualquier dios.
Cada día es un reto sostenerse en la fe y por ello te invito a no desfallecer sino a fortalecernos mucho más en la presencia de Dios, porque la auténtica fe no desfigura la vida sacramental de la Iglesia católica sino que el auténtico rostro de la fe está enraizada en la vida sacramental y nos lleva  a vivir a plenitud una experiencia maravillosa de Dios. No te rindas ante las propuestas de fe que se te presentan sino que salvaguarda la fe que has heredado de tus padres, porque esa semilla de la fe acompañada de las buenas obras es credibilidad para el mundo. Por esta fe se operan los signos y prodigios en el diario vivir porque el nacimiento en la fe es un nacimiento a la gracia y la oración en fe sanará al enfermo, que ante la duda y la perdida de fuerzas, ven en la fe la mejor y única salida a su enfermedad, porque la oración es escuchada por el Señor.
Por tanto, la fe opera milagros que humanamente no se daría por la ciencia, porque la fe abre un abanico de posibilidades en Dios que es eterno y es el dueño de la vida y la muerte y da la salud a sus hijos. Aunque mucho no lo crean sólo la puerta de la fe es la que hace posible lo imposible.

lunes, 1 de septiembre de 2014


                         
                                    LEVANTATE TU QUE DUERMES
      PADRE :  YENNER  OROZCO GOMEZ 



 

A propósito del tema compartido en el pasado retiro espiritual de Pentecostés "levántate tú que duermes" quisiera compartir algunas ideas que considero importante para tu crecimiento personal y espiritual basado en las Sagradas Escrituras en el texto de Efesios 5,14:

"Pues todo lo que queda manifiesto es luz. Por eso se dice: Despierta tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y te iluminará Cristo"


Ante esta invitación de la Palabra de Dios nos surge esta pregunta: ¿Por qué se dan los estados de muerte? ¿Qué nos ha conllevado a un detrimento de la vida espiritual? ¿Qué nos sucedes que nos volvemos apáticos a los temas espirituales? Existen varios puntos que iluminan nuestras preguntas.

Podíamos decir que nos hemos acostumbrados a Vivir en la oscuridad: de allí surge la Asedia, la Anemia espiritual y se cae en el sin sentido. Se pierden las ganas de vivir, de luchar, de continuar adelante. Podemos dejarnos envolver por los vicios y pecados que nos atan y no nos dejan avanzar y en la vida cristiana se nota en el poco amor a la vida de oración, a la práctica sacramental, al compromiso eclesial y a la pereza de todo lo que signifique búsqueda y encuentro con Dios.

Por eso la Palabra nos invita a romper las ataduras y derribar los muros ya que muchos se acostumbran a llevar una vida sin frutos sin ilusiones. Hoy el Señor te desea rescatar de Egipto como el pueblo de Israel en la esclavitud. Desea llevarte a una tierra prometida en donde puedas gozar de la leche y de la miel.

Levántate de la condición en que te encuentres (Levante: es un imperativo. Una orden. Es un esfuerzo supremo. Que Dios te haga consiente de tu pecado. Levántate para que veas el milagro) acepta tu historia y aprende de ella. Levantarse es recomenzar el camino, es tomar nuevas fuerzas, es emprender un nuevo camino pero de la mano del Señor.



 

¿Cómo levantarme?
Los ojos fijos en El. ( Hb 12,2) (Lc 4,20): una clave interesante para levantarnos de nuestros estados de muerte. Sólo cuando miramos a Jesús, lo contemplamos y lo amamos se renuevan nuestras fuerzas. Es la mirada de Jesús tan profunda y tan llena de vida que nos rescata de las garras de la oscuridad y de la muerte. ¿Que tendrá la mirada de Jesús que cautiva y sana? Su mirada penetrante renueva nuestro ser y nos regresa las ganas de vivir y experimentar la grandeza de su misericordia.
Arrepentimiento (2 Cor 7,10) (Rm 6,23): al reconocer nuestro pecado se revitaliza nuestra existencia y por lo tanto nuestra comunicación con Dios. Al reconocer quienes somos y que nos hace falta, en que hemos fallado y cómo podemos hacer mejor las cosas empezamos a descubrir un resurgimiento espiritual. En una actitud de reconocimiento es cuando el Señor empieza con su amor a vendar nuestras heridas y a levantar nuestros brazos caídos.
Proceso de sanación interior: encontramos en la Biblia diferentes testimonios de hombres y mujeres que fueron tocados por Jesús y por lo tanto transformados por EL. Los procesos de sanación son tan necesarios en la vida cuando hemos descubierto un corazón roto y destrozado. El Señor Jesús es experto en este trabajo en entrar al corazón y cambiarlo completamente. En transformar nuestros momentos de dolor y sufrimientos en espacios de bendición y de paz. Que tanta falta nos hace un encuentro con Jesucristo vivo de ojos abiertos y corazón palpitante que con su amor entre a las profundidades y periferias de nuestro ser.
Tenemos ante nosotros la mayor y más grande invitación: levantarnos y continuar el camino. Es interesante descubrir la capacidad creativa de Dios. Cada acontecimiento de nuestra vida lo aprovecha para enseñarnos su amor y manifestarnos su misericordia.
El deseo de Dios es que permanezcamos en pie de lucha, no mirando nuestros miedos y contemplando nuestros temores. Es clara la invitación, levántate de todo estado de muerte, todo lo que no sea de Dios apártalo de tu camino.
Vale la pena en torno a lo compartido recordar las palabras de Pablo a los Colosenses en el Capítulo 3 en los versos del 3 al 10: Haced morir, pues, todo lo que de terrenal hay en vosotros: que nadie cometa inmoralidades sexuales, ni haga cosas impuras, ni siga sus pasiones y malos deseos, ni sea avaro,
que es una forma de idolatría.  Estas cosas, por las que viene el terrible castigo de Dios sobre quienes no le obedecen,  son las que hacíais en vuestra vida pasada. Pero ahora dejad todo eso: el enojo, la pasión, la maldad, los insultos y las palabras indecentes. No os mintáis unos a otros, puesto que ya os habéis librado de vuestra vieja naturaleza y de las cosas que antes hacíais, y os habéis revestido de la nueva naturaleza: la del nuevo hombre, que se va renovando a imagen de Dios, su Creador, para llegar a conocerlo plenamente.
SER TOCADOS POR DIOS
 
PADRE : HECTOR AYALA LEÓN
Siervo Del Espíritu Santo
 

Imposición de manos

La mano ha sido siempre símbolo de la fuerza, del trabajo, de la comunicación interpersonal: la mano de Dios que obra proezas, la mano del hombre que manda, que pide, que toca, que comunica, la mano que quiere expresar la transmisión de algo invisible.

La imposición de las manos, es un gesto en verdad polivalente, con la elocuente expresividad de unas manos que se extienden sobre la cabeza de una persona o una cosa, a ser posible con contacto físico; Puede indicar perdón, bendición, trasmisión de fuerza, su sentido queda concretado con las palabras que le acompañan en cada caso: "yo te absuelvo de tus pecados", "envía, Señor, tu Espíritu sobre este pan y sobre este vino", "envía Señor la fuerza de tu Espíritu sobre estos siervos tuyos" y así otras más.

El modo mejor para captar el sentido de la imposición de las manos es repasar, aunque sea brevemente, los pasajes bíblicos del Antiguo y Nuevo Testamento, en que este gesto es empleado, y también su realización actual en los Sacramentos.

Sentido en el Antiguo Testamento.

En verdad este signo lo hemos heredado del lenguaje simbólico de Israel, en el que es muy variado el significado que se le da. A veces significa bendición. Así Jacob bendice a sus nietos: "Israel extendió su diestra y la puso sobre la cabeza de Efraín… y su izquierda sobre la cabeza de Manasés… el Dios en cuya presencia anduvieron mis padres Abrahán e Isaac… bendiga a estos muchachos" (Gen 48, 14-16). También Aarón, en su calidad de sacerdote, "alzando la mano hacia su pueblo lo bendijo" (Lev 9,22). Otras veces el gesto quiere indicar la consagración para una tarea, la designación de una persona para la misión. Moisés por ejemplo, y por encargo de Yahvé, eligió a Josué como sucesor suyo, y delante de todo el pueblo "le impuso su mano" y le trasmitió las órdenes divinas, para que condujera a su pueblo con autoridad (Num 27, 18-23). Por eso se podrá decir después: "Josué estaba lleno del espíritu de sabiduría" (Deut 34,9).

La imposición de manos en el Nuevo Testamento

En el NT la acción de imponer las manos sobre la cabeza de alguien, tiene también significados distintos, según el contexto en el que se sitúe. Ante todo puede ser la bendición que uno transmite a otro, invocando sobre él, en último término, la benevolencia de Dios. Así Cristo Jesús imponía las manos sobre los niños, orando por ellos (Mt 19,13-15) En los textos paralelos se dice que la gente le presentaba los niños "para que los tocara", y él "abrazaba a los niños y los bendecía imponiendo las manos sobre ellos" (Mc 10,13-16): la imposición era, pues, también contacto fisco. La despedida de Jesús, en su Ascensión, se expresa también con el mismo gesto: "alzando sus manos, los bendijo" (Lc 24,50). 

Es una expresión que muy frecuentemente va unida a la idea y a la realidad de una curación. Jairo pide a Jesús: "mi hija está a punto de morir; ven, impón tus manos sobre ella, para que se cure y viva" (Mc 5,23). Le presentan al sordomudo de la Decápolis "y le ruegan que imponga la mano sobre él" (Mc 7,32), y asimismo al ciego de Betsaida: 
"le impuso las manos y le preguntaba... después le volvió a poner las manos en los ojos y comenzó a ver perfectamente" (Mc 8,23-25). Era el gesto más repetido en las curaciones: "todos cuantos tenían enfermos de diversas dolencias se los llevaban, y él, poniendo las manos sobre cada uno de ellos, los curaba" (Lc 4,40) No es de extrañar que la expresividad del signo se prolongue en el encargo que Jesús hace a sus discípulos: "los que crean... impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien" (Mc 16,18). Pablo, que fue curado precisamente por la imposición de manos por parte de Ananías (Act 9,17), curará a su vez al padre de Publio: "entró a verle, hizo oración, le impuso las manos y curó" (Act 28,8-9). 

En el libro de los Hechos de los apóstoles encontramos dentro de las primeras misiones, como "los doce" oraban e imponían las manos, sobre hombres de buena fama para que se dedicaran exclusivamente a la asistencia, al cuidado de las viudas (Act 6,6) invocación y trasmisión del Espíritu Santo para la misión determinada de los siete diáconos.

En fin son muchos los pasajes en la Biblia donde encontramos aquel gesto de la imposición de manos, gesto que sigue siendo vivo dentro de nuestra iglesia y que a diario somos testigos al momento de participar en los Sacramentos. Detengámonos en La Sagrada Eucaristía y fijemos nuestro pensamiento en aquel momento sublime de la consagración del pan y del vino, veremos las manos del sacerdote extendidas sobre estas ofrendas y escucharemos de sus labios aquella invocación del Espíritu (Epíclesis), para que se conviertan en el cuerpo y sangre de Cristo, invocación que se hará después, en la misma Plegaria, pero ahora será sobre la comunidad. Y así en todos los sacramentos, encontraremos este gesto.

Ministerio de Sanación

En el libro "Y curó toda enfermedad" de Monseñor Alfonso Uribe Jaramillo, en el capítulo II, encontramos una parte dedicada a este gesto de la imposición de manos, donde nos muestra como era esta la manera empleada más frecuentemente por Jesús en el ejercicio de su ministerio de sanación. "No nos debe extrañar entonces que haya hablado de la imposición de manos sobre los enfermos para que sean curados, cuando enumera las diversas señales que acompañaran a los creyentes (Mc 16.18)"

"Es muy importante que entendamos que en la Renovación Católica Carismática la imposición de manos no es un rito, como lo es en el sacramento de la Confirmación y del Orden Sacerdotal. La imposición de manos sobre la persona por quien se ora es un gesto fraterno, un gesto de amor, un signo de hermandad cristiana y por último un gesto bíblico. El mismo evangelio de Marcos 16,18 nos dice "impondrán las manos sobre los enfermos y sanarán" "(tomado del libro: BENDECIDOS, SANADOS Y EN VICTORIA, Padre José Eugenio Hoyos). Un consejo práctico y saludable en el servicio de imposición de manos donde el Obispo, párroco y/o asesor espiritual lo permiten; Es hacerlo en equipo, pues es una pequeña comunidad que ora, intercede y los une el amor y la compasión por los enfermos, sin olvidar que solo somos instrumentos del Señor, siervos inútiles, que tenemos claros que el único que sana es el Señor Jesús.

Ahora es necesario tener claro lo siguiente, ¿Por qué nuestra iglesia Católica es tan prudente con este gesto? ¿Por qué en algunas Provincias eclesiásticas como las de Medellín y Santa Fe de Antioquía (Colombia) ningún fiel laico está autorizado para imponer las manos con fines de curación? Y la repuesta la encontramos en la serie de confusiones que se han presentado: personas que se endiosan creyendo que tienen poderes mágicos, otras lo hacen con fines lucrativos, otras influenciadas por pensamientos de la New Age creen que poseen energías en sus cuerpos y sanan a través de ella, porque hay personas que depositan su fe en la persona que impone las manos y no en Jesús, por estas y otras razones nuestra Iglesia como madre y maestra cuida de todos nosotros.

Por último, en tiempos de Jesús la gente le pedía que la tocara y Él imponía sus manos, ellos veían su gloria y experimentaban su amor y cercanía. Este deseo y necesidad también está hoy en todos nosotros, ser tocados por Dios en la persona de su Hijo Jesús, para ello recordemos a san Agustín: "una cosa es tocar a Cristo solo con el cuerpo y otra es tocarlo también con el alma. Toca a Cristo quien cree en Cristo" entonces creamos en Cristo y recordemos que nosotros no podemos tocar directamente a Dios, pero El si nos puede tocar y lo hace en la persona de su Espíritu Santo, así que sin ningún miedo digámosle a Él, tócame Señor, cúbreme bajo tu sombra como cubriste a nuestra madre María el día de la encarnación de tu hijo Jesús y sáname y bendíceme hoy y siempre, Amén.

domingo, 8 de junio de 2014








ESPÍRITU SANTO, ALIENTO DE VIDA.


POR PADRE MARTÍN DELGADO RODRIGUEZ

En Génesis 2,7 se aprecia cómo desde los inicios de la creación el Espíritu comunica la vida al hombre: “Entonces Yahvé Dios formó al hombre con polvo del suelo e insufló en sus narices aliento de vida”. Es Dios el autor de la vida humana, el principio vital por el que todo ser viviente se relaciona con su mundo circundante, el hombre ha sido creado para la vida,  de ahí se constituye la vida como el derecho fundamental del ser humano, a que se respete y se defienda de las amenazas que a lo largo de la historia se ha visto expuesta (homicidios, secuestros, abortos, drogadicción, alcoholismo, corrupción…entre otros), así lo expresa el Santo Juan Pablo II: “La vida humana es sagrada porque desde su inicio comporta la acción creadora de Dios y permanece siempre en una especial relación con el creador, su único fin. Sólo Dios es Señor de la vida desde su comienzo hasta su término. Nadie, en ninguna circunstancia, puede atribuirse el derecho de matar de modo directo a un ser humano inocente” (Evangelium Vitae 53)
La Sagrada Escritura nos dice que el  hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios (Cfr Gén 1,26), quiere decir, que posee las facultades de inteligencia, voluntad y libertad a diferencia de los de los demás seres vivos de la creación, dándole la posibilidad de reflexionar, meditar y actuar con coherencia, sólo el hombre entre todas las creaturas visibles, tiene capacidad para conocer y amar a su Creador, la vida que Dios da al hombre es mucho más que un existir en el tiempo, es una proyección hacia una plenitud de vida: “Porque Dios creó al hombre para la incorruptibilidad, le hizo imagen de su misma naturaleza” (Sb 2,23). Pero los hechos cotidianos nos dan muestra de que el hombre en ciertos momentos deja de pensar como ser humano dotado del Aliento de Vida y da lugar al instinto irracional de imperfección que el gran drama del pecado ha perforado el alma haciendo que su mirada y el horizonte de su existencia se obnubilen colocando en riesgo el gran don de la vida que Dios le ha participado.
Por tanto al recibir el hombre el soplo del Espíritu a los inicios de la creación se convirtió  como el ser viviente cualificado para engendrar y dar la vida de Dios, esto solo ocurre en la medida que este mismo sea dócil a las inspiraciones del Espíritu quien es el artífice y a la vez Señor y Dador de vida, como lo enseña el credo niceo-constantinopolitano al hacer una descripción precisa de la naturaleza del Espíritu y su acción prolongadora de la vida divina en el hombre.
Dicha apertura a las mociones del Espíritu lo llevarán a centrar la mirada en la Vida del Hombre Perfecto: Jesucristo, y esclarecer el misterio del ser humano (Cfr Lumen Gentium 22) definiendo así la Encarnación del Verbo Eterno como la fuente de la vida divina en la historia de la humanidad; Aquel que es infinito se hizo finito, Aquel que es ilimitado se hace limitado, en otras palabras: “La eternidad entra en el tiempo” la verdadera vida se dio en el nuevo Adán, si en la antigüedad del barro Dios forma al hombre, ahora en Cristo, se nos da la nueva creación, Él es el nuevo Adán, la vida del hombre cobra sentido en la perspectiva de la Vida única que es Cristo.
La primera creación, desgraciadamente, fue devastada por el pecado. Sin embargo, Dios no la abandonó a la destrucción, sino que preparó su salvación, que debía constituir una 'nueva creación' (Cfr. Is 65, 17; Gal 6, 15; Ap 21, 5). La acción del Espíritu de Dios para esta nueva creación es sugerida por la famosa profecía de Ezequiel sobre la resurrección. En una visión impresionante, el profeta tiene ante los ojos una vasta llanura 'llena de huesos', y recibe la orden de profetizar sobre estos huesos y anunciar: “Huesos secos, escuchad la palabra de Yahveh, Así dice el Señor Yahveh a estos huesos: he aquí que yo voy a hacer entrar el espíritu en vosotros y viviréis...” (Ez 37, 1.5). El profeta cumple la orden divina y ve 'un estremecimiento y los huesos se juntaron unos con otros' (37, 7). Luego aparecen los nervios, la carne crece, la piel se extiende por encima, y finalmente, obedeciendo a la voz del profeta, el espíritu entra en aquellos cuerpos, que vuelven entonces a la vida y se incorporan sobre sus pies (37, 8.10).
Cabe anotar que también es posible que en nuestra vida cristiana corriente nos encontremos en el valle de los “huesos secos”, lo que hace referencia a los momentos de decadencia espiritual que podemos vivir por nuestros descuidos y a su vez por “coquetear” con las tentaciones, pues terminamos siendo atrapados por la cizaña del maligno, perdiendo así las gracias que el Espíritu de Dios ha derramado en nuestras vidas. La lucha por mantenernos fiel en el Señor no es fácil, pero con una apertura decisiva al Espíritu Santo se logra construir una espiritualidad sólida que nos va a mantener firmes en el seguimiento de Jesús, a fin de producir grandes frutos como son el amor, la fidelidad, la paz, la mansedumbre, la humildad, el dominio propio, entre otros; y sobre todo, hacer que crezca la Vida de Dios en nosotros, en virtud de la acción del Espíritu.